Yo por eso le voy a las Chivas! :)Periódico Mural
Nacional
Juan García de Quevedo
El Rebaño Sagrado El milagro del campeonato también trajo consigo otro milagro: la felicidad colectiva, y eso vale más que todo De nuevo el triunfo colectivo, la nación Chiva en la gloria, la religión popular con el milagro en la mano. Hasta los Diablos Rojos aplaudían el ascenso al cielo. Una tradición, la mexicanidad de regreso a la gloria, una tradición incalculable, interminable. Ser el eje del deporte nacional, el equipo que sí importa suceda lo que suceda. Los otros equipos son sectas, unas más numerosas que otras, pero sectas al fin y al cabo. La mexicanidad se concentra y reconcentra en el equipo del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Los otros, y más en Jalisco, serán eternas minorías protestantes que protestan los milagros rojiblancos.
Se ganó con lo que siempre se gana, con el corazón. Voluntad, coraje y determinación de triunfo hicieron el milagro en el infierno mismo, ante diablos repletos de mañas, trucos, experiencia maligna. Cancheros fabulosos sin verticalidad ninguna. Tuvieron como cómplices a un árbitro novato y temeroso que les permitió un empate tan injusto como el tamaño del Estadio Jalisco, pero para quitarnos eso del repechaje fuimos al infierno mismo para dejar a los demonios curtiéndose en su propio fuego. Como dice un amigo: ser Chiva es una obligación moral porque "El Guadalajara" es un equipo nacional, y siendo un equipo nacional siempre juega de local. "El Guadalajara" es el milagro de nuestra raza, de nuestro pueblo, es el Jamaicón Villegas mandando esos centros templados a la cabeza de Chava Reyes y la clase única del Chololo Díaz y Héctor Hernández. "El Guadalajara" es "El Tigre" Sepúlveda que sabía bien que las fuerzas milagrosas que lo ayudaban estaban en la fuerza teológica de la camiseta, en sus colores, en su historia.
Un balón paró en seco el mundo nacional, pero sobre todo el jalisciense. En cada pueblo y ranchería había una televisión y un radio para ser testigos del acontecimiento. El milagro del campeonato también trajo consigo otro milagro: la felicidad colectiva, y eso vale más que todo. Hoy Oswaldo, "El Venado", "El Bofo", Ramón, como ayer los gloriosos Sepúlveda, "El Tubo" Gómez, Sabás Ponce, son los grandes ídolos que necesita toda colectividad para tener referencias exactas del triunfo y su caudal de sudor y coraje. En la vida no hay triunfo seguro que no parta de grandes y graves sacrificios. Es un honor jugar con "El Guadalajara" porque atrás hay una historia grande, gloriosa, donde vestir un uniforme le da al jugador una dimensión distinta y diferente. Porque las Chivas le dan a los estadios, a los campos de juego, eso que se llama pasión y logran parar el mundo por unas horas. Dirigir a las Chivas no es cualquier negocio, porque rebasa pesos, utilidades o pérdidas; es, antes que nada, un compromiso ético ante una afición que lo desborda todo. Es una responsabilidad ante hombres como Oswaldo, cuya popularidad trasciende, y con mucho, al propio dueño del equipo. Estas personalidades como Oswaldo están al margen del mercado, porque su valor no está en los pesos de más o pesos de menos. Su valor es moral porque se estructura en una tradición, se entrecruza con una historia y se vuelve historia. "El Guadalajara" siempre será más que su dueño o dueños, porque "El Guadalajara" le pertenece realmente al pueblo; pueblo que lo apoya, lo quiere. No es casual que los locutores lo llamen el rebaño sagrado. Esa veneración por las Chivas ha resistido todas las pruebas, las crisis, las personalidades que las han dirigido, porque son muy superiores a sus direcciones al contar con un respaldo popular inigualable. Sólo en dos ocasiones "El Guadalajara" se ha coronado fuera de su cancha. Y las dos han sido en Toluca. La primera hace 45 años, con gol de Sabás Ponce al portero español Florentino López, el 24 de diciembre de 1961, y ahora, el domingo pasado, con goles a Crisante, el portero argentino. Este fenómeno social y religioso que es Chivas convoca multitudes en todo el país y hasta fuera de nuestras fronteras. Fenómeno social inigualable, digo religioso por la devoción que provoca este rebaño sagrado que vence porterías, defensas de diferentes nacionalidades y es capaz de parar delanteras guiadas por brasileños, argentinos, etcétera. Es decir que una fuerte expresión de nuestro nacionalismo, de la apuesta por lo nacional, se expresa cabalmente en éste, el más popular de los deportes. Nacionalismo popular, ranchero y citadino, de pobres y ricos. Nacionalismo agresivo que con triunfos impone su músculo, su técnica, su talento. Se le ruega a Dios, a la Virgen de Zapopan, a la de Guadalupe, a los santos, se formalizan mandas, se prometen mil cosas y sobre todo, muchísimos acostumbran rezar en los partidos con tal de que ganen las sagradas Chivas. Yo casi estoy seguro que Juan Pedro Oriol, sacerdote ejemplar, con todo y su ortodoxia, algún suspiro peticionario hizo en el partido para que ganaran las Chivas y se coronaran. De algo debieron servir los miles y miles de corazones que querían el triunfo, de algo toda esa energía concentrada de multitudes, de algo ese triunfo que tanta felicidad le dio a tantos.
En fin, un año que termina con la sensación de un triunfo colectivo, con la alegría de muchos y el entusiasmo generalizado de un día de dicha. Las Chivas, con este triunfo, superan a todos, y eso es lo que cuenta.
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